Da Nang (Vietnam): una historia de tifones y vestidos a medida (1 parte)

Da Nang, Vietnam

El visado de Vietnam me permitía 3 meses de estancia, tiempo que yo no consideré suficiente para elegir una ciudad en la que «vivir» en este país. Llámame loca, pero el hecho de que Vietnam sea un país alargado y estrecho me empujó a recorrerlo por etapas de norte a sur y no tanto a permanecer en un lugar y, desde ahí, moverme por el país. Lo vi complicado desde el principio, así que sabía que el tiempo en Vietnam sería un viaje puro y duro y no tanto una estancia como me gusta a mí. Me costó decidirme, pero después de 3 meses en este país del Sudeste Asiático, si hubiera tenido que escoger una ciudad en la que quedarme, habría sido Da Nang.

Da Nang está al lado de la ciudad más turística de Vietnam, Hoi An, pero no es tan turística. Sin embargo, en mi opinión, mantiene muy bien el equilibrio entre ambiente auténtico vietnamita y buenos servicios para pasar una temporada como expat. En un país en el que los hoteles me parecieron una cochambre (que sí, que vale, que mi presupuesto no era tan alto), en Da Nang encontré un auténtico hogar: un hotelito muy cuqui y, lo más importante, limpio, al que me mudé justo el día que llegaba un tifón.

Vestidos vietnamitas en Da Nang

Da Nang, Vietnam, en el ojo de los tifones

En Vietnam no me quedaba otra que mantenerme informada de la llegada de tifones, dado que ¿quién me iba a avisar a mí si venía uno? Además, mi tránsito por el «punto caliente» del país (la zona central) coincidía exactamente con la época de estos fenómenos meteorológicos (de septiembre a noviembre). Prácticamente cada 2 días había aviso de un nuevo tifón que entraba por el mar de China Meridional: la mayoría de las veces, cuando tocaba tierra en Vietnam, estaba bastante debilitado. Pero aquel día en Da Nang sí que parecía que uno iba a azotar fuerte. Esa era mi última noche en un alojamiento cochambre máxima hasta mudarme a ese hotelito con encanto.

No tenía muy claro si al día siguiente podría trasladarme a mi nuevo alojamiento (o, de lo contrario, estaría obligada a prolongar mi estancia en ese zulo), si estaría todo inundado, si sería peligroso transitar por las calles… El caso es que me levanté, preparé la mochila y bajé por las escaleras (con un tifón llamando a la puerta, ¿cómo fiarse de un ascensor?). Hice el check out  y me asomé a la calle. Parecía «seguro» salir y, sobre todo, teniendo en cuenta que el nuevo hotel estaba a solo 10 minutos andando. Las calles estaban vacías (había toque de queda y ese día casi todo estaba cerrado) y, no voy a negarlo, iba un poco temerosa mientras caminaba. Vi muchas ramas y hojarasca en el suelo, cubos de basura volcados y, en definitiva, se notaba que algo había pasado. Mi intención era hacer el check in lo antes posible y después buscar dónde desayunar. Lo primero era lo primero.

Desayuné y ese día lo pasé confinada en mi bonita habitación de hotel, tan limpia y sin rastro de posibles cucarachas, una constante en todos los dormitorios y baños de Vietnam.🪳

Un vestido en Da Nang

Desde el viaje a Uzbekistán, en el que me hice un vestido a medida, le había cogido el gustillo a traerme como suvenir una de estas prendas. Me traje de Marruecos y también de Tanzania. Y ahora en Da Nang, resulta que podías hacerte uno en el mercado Cho Han. En uno de los laterales de la planta de arriba, decenas de mujeres cosiendo eran la señal de que ese era el lugar. Solo tenías que elegir la tela, el tipo de cuello y mangas y voilá! tu vestido vietnamita estaba listo en una hora por un módico precio.

Costureras en Da Nang, Vietnam

Yo elegí una tela verde y amarilla, me tomaron las medidas y…, lo cierto es que el resultado no me entusiasmó. Me sentía un saco de patatas. ¿Cómo hacerles entender a las modistas vietnamitas (que no entendían ni papa de inglés) que era cero favorecedor? Al final eché mano de una palabra internacional: «sexy». Como pude y con movimientos (fue un show, vamos, revolucioné a las yayas vietnamitas), les intenté explicar que ese vestido era poco sexy y que me lo ajustaran más. ¡Acabáramos! De repente, todas las costureras empezaron a gritar «Sexy, Sexy» por los pasillos, a reírse, a poner morritos y a manosearme, haciendo gestos para que yo les mostrara cómo de ceñido quería el vestido.

¡Para qué queremos más! Una turista exigiendo un vestido tradicional «más sexy» a unas señoras vietnamitas, con lo recatadas que son allí.

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